martes, 11 de enero de 2011

Miguel “El Loco”

FIN … y tras un año entero llegó la palabra al papel, esta vez, al terminar de leer el último capítulo de su libro de la Verdadera Revolución de 1910, Miguel se sintió contento con el resultado, dejó la máquina de escribir y los apuntes sobre el escritorio, se quitó los lentes y con un suspiro de satisfacción, decidió dejar la biblioteca y salir por un refresco, no sin antes llamar a su esposa, quien siendo el personaje más fiel y constante de sus novelas, le ha mostrado la paciencia perenne del que ama.

-Emilia, ¡lo he terminado!, nos vemos en un par de horas en casa, dile a Luis que muero por verlo y que hoy jugaremos hasta el cansancio.
Con la emoción de quien se gana un regalo en la rifa de fin de año, Emilia aplaudió (literal) a su esposo desde su casa y con mucha alegría le dijo, -¡ven ahora!
Imaginándola entre sonrisas, Miguel le dijo a su esposa: “Te quiero a las diez de la mañana y a las once y a las doce del día”
Y con otra sonrisa de respuesta, Emilia contesto: y “¿Quién podría quererte menos que yo amor mío?”

Hace un tiempo que tomaron prestada esta frase del gran Sabines y la adoptaron como despedida oficial después de cada llamada por teléfono, antes de ir al trabajo o incluso para irse a dormir. Emilia y Miguel colgaron los teléfonos y separados por una larga distancia, suspiraron por igual, dejando evidente que al paso del tiempo su amor no disminuía, tal como lo hacía su cabellera o la vitalidad para bailar toda la noche.

Con la sonrisa acariciando sus orejas y cegado por el Sol que le venía a felicitar por su trabajo, Miguel corrió al exterior de la biblioteca con ese pasito característico del que está contento, que sin importar edad, educación o sexo, se hace evidente, como ley de física ante una acción feliz. Justo en el paso 4.5 y con el ritmo perfecto de la felicidad, se escuchó un fuerte rechinar de llantas, un encuentro repentino con unos ojos horrorizados dentro de un vehículo más cercano de lo normal y con un silencio tan incierto como incomodo Miguel cayó al suelo, convirtiendo a las jacarandas y la escalinata de cantera en el triste escenario donde poco a poco su vida se empezó a difuminar.

Tras aquel golpazo, Miguel ya no era Miguel, se perdió en un mundo extraño dentro de su cabeza y por más intentos de traerlo de regreso, se mantuvo fiel a su nuevo hogar de luces diferentes. Cada día era más lejana la esperanza de encontrar al Miguel ESPOSO dentro de ese mundo de otra luz, los doctores pidieron a Emilia que afrontara la realidad y supiera que Miguel PAPA no iba a volver, que Miguel HIJO no reconocería a sus padres, y que lo único que quedaba era Miguel LOCO y los recuerdos de quien alguna vez fue.

En ocasiones, Miguel “El Loco” se perdía por completo en su mundo, despegaba los pies del suelo y volaba por aquellas tierras de cielos azules, arena blanca y mar turquesa, a veces viajaba al verde del campo a buscar las ruinas de los antepasados o mejor aún, se mudaba a uno de los murales de Siqueiros y platicaba al tú por tú con Porfirio Díaz.

Sus lapsos eran momentos de magia y felicidad para Miguel, en cambio, implicaban desesperación y tristeza para aquellos que no llevaba al viaje. Cuando sus ojos enmarcados por una poblada ceja obscura, que iba llenándose de nieve conforme pasaban los años, veían la blanca pared como si fuera un infinito mar, y el lado derecho de su boca se torcía un poco hacia abajo, todos, sobre todo Emilia, sabían que se estaba mudando al departamento de la locura y una vez más la estaba dejando sola, con unas ganas desgarrantes de preparar sus maletas y mudarse con su amor perdido, a donde fuera que él estuviera.

Y así pasaron los años, crecieron los niños, talaron las jacarandas y los ojos de Emilia se cerraron, así seguía pasando la sombra de Miguel con su cuaderno de pasta café por la sala de aquella casa que una semana antes del accidente, insistiera en que se pintara de azul. El cuaderno que empezó como parte de la terapia se volvió en el fiel e inseparable compañero de este loco, redactaba los lapsos de cordura y locura, enlazados con el amor y forrados de nostalgia.

En sus hojas amarillas se leía lo siguiente:
Voy caminando por una selva espesa, el color verde satura mis ojos y mi respiración, ¿alguna vez han respirado un color? en las ciudades suele ser gris, en la playa azul y en este momento estoy llenando mis pulmones del color verde. Estoy buscándolos, estoy buscándote Luis, trato de concentrarme y la densa humedad no me lo permite, cierro los ojos y entonces los veo, ¡duendes burlones devuélvanme mi recuerdo!, ¿Donde están aluxes?! Muéstrense como son, con su baja estatura y su risa burlona, no me asustan, dejen de jugar conmigo y devuélvanme a Luis, ya se han robado todo lo demás, por favor ¡dejenme mi recuerdo!. Un joven se acerca a mí, siento que lo reconozco pero no puedo evitar preguntarle quien es, y en el proceso de mi confusión me contesta con palabras seguras y tranquilas que me ayudará a encontrar a Luis dentro de mi cabeza, dentro del espeso color verde y dentro del cada vez más débil corazón.

El joven del sueño, un huérfano de madre y con un padre a quien apenas conoció cuando era niño, se llama Luis Fernández, se encuentra en la casa de la sala azul en la visita obligada que hace mes con mes, donde lleva comida, cambia focos, arregla puertas, pinta y paga los servicios de enfermera y ama de llaves, pero conforme se le da vueltas a las hojas del calendario, nota como mueren una a una las ganas de ser reconocido por ese señor que habita la casa. Tras darle un abrazo a aquel hombre de canas blancas y arrugas que parecieran idea de algún diseñador textil, se sentó en el jardín que se pinta de rosa todas las tardes de abril, suspiró pensando en su vida profesional, en sus logros, en su novia, y elevó los ojos al cielo, sintiéndose más huérfano que nunca. Una vez dicho a Emilia, su madre, con el lenguaje silencioso del corazón, lo mucho que le gustaría que estuviera presente, bajó la cabeza regresando la mirada a su realidad y vio tirado en el suelo, el cuaderno de pasta café con las iníciales de su padre en el lomo, lo levantó, sacudió las flores rosas que cayeron sobre él y se sentó en el borde de la jardinera con el libro entre las manos. Por un par de segundos pensó en no abrirlo, justo como ha sucedido desde hace 23 años que conoce a ese objeto, pero al tercer segundo, y a manera contraria de lo sucedido durante todo este tiempo, Luis no pudo contener la tentación y empezó a girar una a una las páginas amarillas de aquel encuadernado. Decidió cerrar el cuaderno y guardarlo en su maleta, - Lo leeré en casa con mayor tranquilidad, pensó.
Se apuró para terminar todo y poder retirarse lo más pronto posible con las cosquillas en las manos de las ganas de seguir leyendo. El camino a su departamento se le hizo más largo de lo normal y por primera vez no quería ver la final del futbol ni mucho menos llamar a su novia.

Para su sorpresa no solo se relataban historias fantásticas y alucinaciones sino que las letras de Miguel tenían también muchas menciones suyas y de Emilia, de historias del ayer mezcladas con el presente y bañadas del futuro que nunca llegó pero que tanto se ansiaba. Una vez que empezó a leer no pudo soltar aquel cuaderno donde había letra perfecta y textos maravillosos. Luis estaba solo con la verdad, leyendo los relatos de la vida del papá que desconocía desde que tenía 6 años.

Cada vez que daba vuelta a la hoja, un extraño sentimiento aparecía en su corazón, entre la tranquilidad de sentirse querido y el enojo por la injusticia que le arrebató a su padre, fue llenando su cuerpo de todas esas palabras de amor que su papá no pudo decirle cuando más lo necesitaba, pero que aquí estaban escritas y de igual forma le pertenecían. Las lágrimas cayeron y sin importar si era hombre o adulto, lo atacaron como a un niño. Rió y gritó y fue feliz y triste a la vez. De repente se le vinieron respuestas a las preguntas que siempre le había hecho al mundo, de pronto, se convirtió en un hijo de nuevo y tuvo padre otra vez.

Con enojo vio el reloj, esos números rojos y grandes le avisaban con cierta burla que le faltaban solo 2 horas para ir al trabajo, llevaba toda la noche leyendo y sus ojos parecían un sapo con intenciones de reventar, pensó que lo mejor para el y su futuro laboral seria dormir, pero no pudo soltar su nuevo libro favorito, así que experimentó algo que no hacía desde la preparatoria, irse a trabajar en vivo, sin una sola hora de sueño.
Al sonar la alarma del despertador, esos números grandes marcando las 6:15 am se burlaron aun mas de Luis, a lo que respondió levantando el dedo medio como si a aquel aparatejo fuera a importarle, y se paró motivado al baño para lavarse la flojera y empezar un nuevo día. Alrededor de la una de la tarde, los años le reclamaron cada segundo que no durmió, pero los sentimientos que provocaron las letras de su padre, espantaron a la resaca.

Ese día por la tarde sonó el timbre de la casa azul, Magda, la enfermera y ganadora del merito por la paciencia inagotable, corrió al portón de herrería extrañada por la presencia no programada de alguien a esta casa que no conoce las visitas y aventó una sonrisa grande a ese joven guapo, de pelo obscuro, cejas pobladas y boca pequeña que se encontraba del otro lado del enrejado mexicano -¿qué haces aquí?, le dijo a Luis tratando de abrir el necio y viejo cerrojo de la puerta, con aquella maña que le enseñó Emilia el primer día que llegó a trabajar ahí. Luis, con una sonrisa un poco más amplia de la normal, la abrazo y le dijo: - vine a ver a mi papá-, y al decir esta palabra hasta sus propios dientes se extrañaron de verla pasar entre ellos, pues Luis, jamás la pronunciaba y mucho menos para referirse a Miguel.-Ya es tiempo de escuchar sus historias fantásticas y buscar sus momentos, dijo Luis abrazando a Magda con complicación pues no es nada fácil abrazar a alguien que mide metro y medio teniendo una estatura de 1.86. Magda, se paró de puntas para besarle el cachete y entraron juntos a la casa.

Quien sabe que paso en esa sala azul, pero se hicieron presentes realidad y locura en una sinergia bastante efectiva, Luis sintió que el mundo se abría, que el Sol era más grande de lo normal, que las flores olían más y que el aire era más fresco y entonces abrazó a su padre como siempre lo hizo en sueños. No supo cuánto tiempo permanecieron abrazados, pudieron ser dos segundos o tal vez dos horas, no importa, pero en ese encuentro se compartieron cual osmosis pensamientos, recuerdos, cariños y esperanzas.

Al ocultarse el Sol, Luis entregó el cuaderno a su padre, prometió presentarle a Andrea, su novia, y se despidió de Magda, abrió el candado con la técnica indicada y subió a su coche con una gran sonrisa, tomo el celular y marco a “guapa”, como tiene grabado el teléfono de su novia: “te quiero a las diez de la mañana y a las once y a las doce del día” le dijo, y se alejó contando una historia a su futura esposa y pensando en el anillo que tiene guardado en la caja fuerte de la sala azul.

Miguel tomó una pluma, abrió su cuaderno y escribió:
La felicidad que me invade se siente como si miles de mariposas volaran a mí alrededor y dentro de mí también. Con sus alas me acarician la cara y provocan un viento que despeina hasta mis bigotes. Las que se encuentran en mi interior provocan un revoloteado sentimiento que me hace reír como si me hiciera cosquillas mi padre cuando era pequeño. Me siento completo, me siento querido y me siento feliz… despego los pies del suelo y vuelo cargado por esas miles de mariposas, con el amarillo y el negro llenando mis pupilas me dejo llevar por este viaje y disfruto con cada uno de mis sentidos.
…Ay Emilia, ¡si pudieras sentir esto! ..
De pronto en mi viaje alguien me toma la mano, y escucho un susurro que dice, aquí estoy, no quiero abrir los ojos pues temo no encontrarme con lo que espero, pero me armo de valor y en medio de este paisaje y sus hadas que me elevan la veo: la mujer de mi vida, a mi lado, tomándome la mano y sonriéndome como ayer.
Emilia, mi amor, vuelas conmigo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario